Encima de una cama, con mirada parca, semblante tierno y expectante frente a las desilusiones anónimas de la soledad y el desencanto del amor encarnado.
Unamuno desterrado a Francia por amor a España; ella desterrada a una noche silenciosa y tímida, por un lunar que nació en su corazón. Su mirada se envuelve entre sábanas blancas y su emoción se centra en su gata color caramelo que pone cada noche entre piernas.
En otras ocasiones la había visto en la misma posición, especialmente en esa pose que tiene la “Odalisca” del cuadro de Ingres; desnuda, blanca, modelada, delgada, mirando al infinito como omitiendo su figura contorneada color pan.
El tiempo entre esas imágenes no pasa; Don Miguel de Unamuno no está, pero si la raída foto con el semblante de desilusión, Ingres tampoco, pero si su famosa obra de la Odalisca, Ella si esta, y yo también, tan presentes como el amor que nunca muere.
La admiro con mis ojos, pero no sé si con la mirada; aquellos ojos producen realidad, las miradas son más poéticas.
Lo ojos de ella, me dicen cosas que entiendo, pero que no puedo hablar, su cuerpo tiene un lenguaje, todo es palabras en ella.
Esa figura desdibuja cualquier concepto. Podría mirarla y hacer literatura, pero si al posar mis ojos sobre ella no tomo partido, moriré igual que Unamuno, o me inmortalizare sin gloria como Ingres.
Una figura unamunesca entre mis ojos, entre mi presente y mis letras.





0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada