Mi Padre y Condorito
lunes 3 de octubre de 2011
Cuando tenía 7 años, robé del closet de mi padre tres libros que tanto él guardaba con recelo, los había comprado en diferentes lugares y su decir era que le servían y le ayudaban en todo momento. Eran tres libros de relectura personal.
“El coronel no Tiene Quien le Escriba”, de Gabriel García Márquez, o simplemente “Gabo” como le llamamos en casa; “El guardián Entre el Centeno” de un tal J.D. Salinger y un libro, que realmente eran varios libros en uno, porque eran una compilación de cuentos de Roberto Alt, “El Jorobadito”, “La Ola de Perfume Verde”, “La Terrible Sinceridad”, “Las Fieras”, y “Un Hombre Extraño”.
Cuidadaba más de sus libros que de nosotros. El de “Gabo” lo compró en Bogotá, “El Guardián Entre El Centeno” lo compró en 2500 pesos en Barranquilla, a un extraño vendedor de libros que tenía pinta de gringo camaján, y la compilación de cuentos argentinos se los regaló un soldado gaucho, que hacia parte de un pequeño contingente, que vino a Colombia a recibir instrucción militar para la guerra contra los Británicos por las Islas Malvinas.
Era sus tres amados libros y los llevaba siempre donde quiera que lo enviaran desde el cuartel general.
Mi Padre era un policía, tenía en su frente ese eufemismo “Dios y Patria”. Y aparte de disparar le gustaba leer; No sé en qué se puede relacionarse esas dos aficiones, no hay ni siquiera un refrán que pueda resumir estos dos hechos, nada, ninguna relación. Los únicos personajes que quizás podrían encajar en este binomio, quizás fueron Sassoon, Remarque o Hemingway, pero mi padre no era escritor o poeta con ellos, él solo era un lector “amateur.”
Esta combinación en Colombia, era como decir que el jefe máximo de la guerrilla del pueblo, Manuel Marulanda Vélez, escribía poesía en esas oscuras y gélidas noches en la selva del Putumayo. Simplemente una incongruencia.
El caso es que él, mi padre, se distraía leyéndolos cuando estaba de turno en las guarniciones policiales, también en retenes que el gobierno establecía para frenar el accionar delincuencial y guerrillero, que azotaba algunas poblaciones en los años 80.
Un viernes a las 5 de la tarde, una célula guerrillera del legendario “M-19” que operaba en el Valle del Cauca, específicamente entre Sevilla y Caicedonia, se tomaron la población de la Rivera. Fue un viernes negro, y el sonido de las balas zumbaba por las desoladas calles del pueblo; más o menos 200 hombres fuertemente armados entraron a sembrar el terror en la población civil, como forma de presionar al gobierno de Turbay Ayala.
El mismo Carlos Pizarro en persona dirigía la operación que denominó “Operación Europa” porque la intención era tomar varios poblados estratégicos como: Sevilla, Samaria, Holanda, Génova y Montenegro, todos pueblos colombianos, para intimidar e incitar al gobierno de turno, para mejorar la política nacional.
Mi Padre, al sentir el hostigamiento guerrillero, abandonó el fuerte policial, dejando las armas en los anaqueles, y corriendo hacia la montaña y entre los cafetales escapó junto con un pequeño contingente de policías jóvenes.
La incursión guerrillera fue noticia nacional, pero lo que sucedió con mi progenitor y los demás policías desertores no; Ellos llegaron después de varios días de caminar a pie por la selva, al pueblo de Sevilla, Valle. Allí el comandante José Luis Rendón, los hizo tomar presos por desertores, con el cargo de traicionar a “Dios y a la Patria”.
Fueron sentenciados en una corte marcial a 1 año y 6 meses de prisión. El lector “Amateur”, ahora era un reo traicionado por los mismos, a los cuales le juraron y les juro fidelidad, la Policía Nacional.
Estando en prisión le era prohibido todo tipo de libros de más de cien hojas impresas. Era un tiempo peligroso donde circulaban los llamados “libros rojos” como le llamaba la inteligencia militar a escritos de Lenin, Trotsky, Fadéiev, Camilo Torres entre otros.
Los tres famosos libros de mi padre, justo ese día no los había llevado a “La Rivera”, los había dejado en su closet personal; tiempo después inculparía al destino por lo sucedido en su vida, por no llevar ese viernes sus tres libros de relectura, que incluso le atribuía buena suerte en todas las cosas que hacía.
Mi madre, amorosa y paciente con las calamidades de mi padre, compraba en un local de revistas, toda la colección de “Condorito”; La serie de oro, las ediciones especiales, y las publicaciones semanales, para llevarle al presidio; Sobre la faz de la tierra no había otro hombre más feliz leyendo las revistas que le hacía olvidar su miseria. Años más tarde se olvidaría por completo de “Gabo” “Salinger” y “Alt”, para no perder nunca más el sentido común de disfrutar los libros que realmente lo acompañaron en sus momentos de soledad, y que en vez de mostrarle una realidad más, le hacían reír en todo tiempo.
Yo me robe los tres libros de su closet, libros que aún conservo y que son de relectura y que donde quiera que estoy me traen buena suerte. Ah, como disfruto estos libros, me enseñan a vivir, acá donde vivo, en la cuna que vió nacer a René Ríos Boettiger o a "Pepo", el creador de “Condorito”, en Chile.
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1 comentarios:
muy interesante el relato, y en realidad hubo un tiempo que yl leia las revistas de condorito y fue un tiempo muy dificil, pero condorito me hacia olvidar el hambre.
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