Enrique y Yo

miércoles 16 de noviembre de 2011

Hurgando entre libros, memorias y escritos no se de quien, me encontré con un pequeño relato mío, publicado hace años en la editorial Poli-logos. No puedo negar que sentí emoción, vértigo, nausea y una pizca de felicidad.

Al abrir las primeras hojas, centre mis ojos en las primeras líneas del párrafo principal:

“En una noche gélida y violeta por causalidad Enrique  subió al techo, lanzo una mirada panorámica a la bóveda del cielo y como una revelación se dio cuenta que existía.  Por primera vez sintió el aire golpear contra su humanidad, era algo revelador; con azarosa desesperación rozo imaginariamente su nariz sobre las estrellas y por un momento sintió la libertad de ser uno con el cosmos. Sintió frio, sintió un miedo ácido y personal”.

Ah, que parrafo  ese, escrito en una noche frío y vegetativa  de un poblado de Arequipa, al sur del Perú. Algunos –cuando leyeron el cuento- me insinuaron que yo era Enrique, pero a la verdad Enrique era Enrique, yo solo fui en ese entonces un creador y su némesis, un escritor en su tinta.

Recuerdo que después de escribir ciento veinticinco hojas sobre un minuto de la vida de Enrique, este quedo abandonado a la posteridad, a la espera paciente y des-humaniza de estar expectante ante la voluntad horizontal de algún atrevido lector. Fue como parir un hijo, y dejarlo a un curso natural, al desarrollo personal de los ojos y la mente de algún ávido lector.

En fin, Enrique me uso por un tiempo para escribir sobre esa libertad prestada que poseía y ese hado tan predestinado del que se compuso su existencia. Ese librito que hablaba de este hombre -Enrique- lo titule “Llora y no vives”. Ahora Enrique debe tener por lo menos cuarenta y ocho años. Cuando fue publicado –la historia-y distribuido entre las manos y los ojos de los que leen, Enrique tenía 28 años y aun así tenía la magia de liberar a quien le leyera.

Que gloria la de los tiempos pasados. Este libro empolvado, con caratula rojo sucio, por el polvo de los estantes, fue un fragmento de mi historia, un pensamiento hecho letras entre noches, tazas de café y la distracción de inhalar humo saborizado a manzana de una vieja pipa persa que compre en Ecuador.

-Va a comprar ese libro que tiene entre manos. Dijo el anciano de la librería que quedaba entre las calles Iguazú y Brasil.

-No, gracias, no es mi tipo de libros, no me gusta el existencialismo. A  propósito cuánto cuesta. Pregunté.

-Solo 2.500 pesos. Es una joya literaria, del libro solo conozco la síntesis, pero del autor, se toda su biografía. Dijo curiosamente el viejo librero, mientras de su labio inferior colgaba un cigarrillo café.

-Oh mira, y que sabe del autor. Sugestione. Mínimo es uno de esos escritores fracasados, que no obtuvieron en su vida más gloria que la que este polvo corona la contratapa.

-Se equivoca señor, el escritor de este libro se llama D.Firmiano. No sé si es un seudónimo o el nombre propio, solo sé que escribía los días que no salían estrellas.

-¿Y cómo sabe usted eso? le apunte con esta palabra a su comentario.

-Porque decían que siempre compraba el almanaque “Bristol” para subrayar las noches precisas para escribir. Para mí, el tipo era un místico de esos que necesitan fetiches o eventos para inspirarse literariamente.
Igualito a Vargas Llosa escribiendo sus relatos con la necesidad de ver hipopótamos color lila de todos los tamaños.

-Ja, ja, ja…….no creo que sea suficientes leyendas sobre el escritor como para sentirme motivado a comprarlo. Repuse. No lo llevaría ni por el precio, ni por el autor. Creo que no me impresiona mucho.

-Pero señor…. - Intervino el viejo librero- déjeme leerle un párrafo y se animará.

-Está bien adelante.

:”A  Gabriela le gustaba el olor del perfume de Enrique; le traía recuerdos, la ataba, lo amaba, le hacía soñar y recapitular las tardes juntos en Santa Rosa de Lima. Tardes dulzonas, intelectuales, entre oporto y pisco, entre palabras románticas y canalladas existenciales. La música de fondo, nunca la olvidaría: “Colgando en tus manos” de Carlos Baute y Martha Sánchez; tampoco la cena: camarones al sillao bañados en una salsa huanca color dorado. Todo este inventario de experiencias sensibles le venían a la mente con solo oler el perfume “Elit” que Enrique había comprado en una visita a Buenos Aires”.

-Señor, se da cuenta usted de la profundidad y de la calidad de los relatos escritos por D. Firmiano. Dijo profusamente el librero.

-Sabe…. Creo que lo llevare..

Al salir de la librería “Los colores de Rimbaud” , tuve la sensación de haber resucitado a Enrique y su mágica personalidad en mí. Todos los personajes de mi inventiva literaria eran yo mismo. Olvidarlo era como abandonar a un niño a la deriva de un mundo cruel, sin color, olor, o forma. Hubiera sido como Blanca Nieves o Gulliver sin enanos, simplemente letras pero no literatura.

Prendí un cigarrillo, camine hasta la plaza de armas,  pase por la rotonda de ajedrez, ubique una banca de madera, y allí releí detenidamente ese cuento fantástico al que decidí ponerle por nombre “Llora y no vives”, recordé que el nombre había surgido después de reflexionar sobre un escrito de Hermann Hesse. Cuando gane el premio nacional por este cuento existencial, que curiosamente los jurados categorizaban como una historia romántica posmoderna, hable sobre el título, a muchos les gusto.

Cuando lo escribí en una noche de agosto, supe que en este tiempo es donde nos visitan esos seres maravillosos que nos hablan al oído y que como escribas fieles solamente reescribimos. Después del premio nacional encontré en la noche una estética maravillosa ilimitada; el día y la noche son los mismo -pensé- lo que hace la diferencia es quien mira y como se mira.

Leí con detenimiento “Llora y no vives” reí, llore, me extasié y al final no comprendí nada. Me bastaron once cigarrillos y dos cervezas para leerlo todo. Me alimente existencialmente de esas ciento veinte cinco hojas de humanidad.

Pero a la vez no dejaba de pensar en esa tienda de libros, cementerio de personajes literarios que aun nadie les daba vida con la lectura; mausoleo del polvo y de las letras, concierto de leyendas, donde las letras son monedas y los autores biografías inertes.

Al finalizar el día, lleve el libro a mi departamento y lo encaje cuidadosamente entre mis  demás escritos; Allí quedo entre 1983: mi historia, El Bird y la Paloma, La Balada de Prozac, Pensamientos Ephemeropteros.

Me senté en el living, me esparrame como espagueti caliente y con mi brazo alargado como elástico reproduje una antigua canción que me hizo soñar, cuando se la dedique a Gabriela: “Colgando en tus manos.”


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